Los que cuidan también necesitan ayudan
DURANGO, Dgo.-Durante mucho tiempo, Karla Alejandra Mendoza Torres creyó que terminar agotada era simplemente parte de su profesión.
Como nutrióloga con orientación deportiva, pasa entre ocho y diez horas al día escuchando a sus pacientes; conoce sus hábitos, preocupaciones y los obstáculos que enfrentan para mejorar su salud. Sin darse cuenta, Karla comenzó a cargar también con parte de ese peso.

“La mayoría de los pacientes vienen con una problemática. La verdad es que lo personal rebasa a veces un poco lo profesional porque vienen aquí y me cuentan sus molestias, sus rutinas, veo sus hábitos. Eso termina un poco desgastándome mentalmente.”
Pero, la jornada de esta nutrióloga tampoco terminaba al cerrar la puerta del consultorio.
“Hay días que pues tal vez como emprendedora y como profesional de la salud no puedo dejar los papeles y los problemas en el escritorio y se van conmigo. Siempre voy pensando: ¿qué puedo mejorar?, ¿cómo puedo ofrecerle una mejor solución a mi paciente?”
Al principio creyó que era cansancio; después entendió que era algo más profundo.
“Yo salía drenada de energía, me quedaba a veces sin nada para mí y pensaba: ¿por qué me siento así si no tenía ningún problema en realidad? Y me sentía mal, cansada, sin energía.”
Para esta profesional de la salud aceptar que necesitaba ayuda tampoco fue sencillo.
“Me costó mucho trabajo ir a terapia y me costó mucho trabajo aceptar que después necesitaba ayuda de un psiquiatra.”
Su historia es el reflejo de una realidad que especialistas observan cada vez con mayor frecuencia entre quienes dedican su vida a cuidar, enseñar o atender a otras personas.
Esa señal tiene nombre: burnout. Es el agotamiento total que aparece cuando el estrés laboral se acumula durante demasiado tiempo sin atenderse. No es solo cansancio. Es perder el sentido del trabajo, distanciarse emocionalmente y empezar a fallar en cosas que antes salían solas. Cuando eso le ocurre a quienes sostienen la salud, la educación y la seguridad de una comunidad, las consecuencias van mucho más allá del consultorio o del salón de clases.
Y es que la conversación sobre salud mental suele centrarse en pacientes, estudiantes o usuarios de los servicios. Sin embargo, pocas veces se pregunta cómo se encuentran quienes sostienen diariamente esos espacios.
Para María Elena Ibarra Santa Cruz, psicoterapeuta y maestra en Psicología, esa es una de las grandes omisiones cuando se habla de bienestar emocional.

“Por lo general, siempre cuando se habla de salud mental, pensamos en función de los estudiantes o de los alumnos, pero muy pocas veces se piensa en función de quienes imparten la clase o quienes están al frente de un grupo.”
Desde su consultorio, Elena ha visto aumentar el número de maestros, médicos y otros profesionistas que llegan emocionalmente agotados después de años de colocar las necesidades de los demás por encima de las propias.
Los datos de estudios a nivel nacional respaldan esa percepción.
El Panorama del Bienestar en las Empresas de Wellhub señala que 96 por ciento de los trabajadores en México experimenta algún nivel de estrés laboral y 32 por ciento reporta niveles elevados de manera recurrente, una tendencia que confirma que el desgaste emocional ya forma parte de la realidad cotidiana en los centros de trabajo.
Cuando la jornada nunca termina
Si hay una profesión donde el trabajo rebasa el horario laboral, es la docencia.
Preparar clases, revisar tareas, elaborar reportes y responder mensajes fuera del horario escolar forman parte de una rutina que pocas veces aparece en los indicadores oficiales.
“El papá de familia le está preguntando a las 8 de la noche que qué hay de tarea”, relata Ibarra Santa Cruz. “Pues también ellos tienen una vida, tienen ocupaciones, y de pronto también se encuentran muy presionados de decir, tengo que contestar, tengo que hacer, tengo que ver.”
A ello se suma la responsabilidad de atender grupos numerosos y cada vez más diversos.
“La mayoría de los maestros siempre tienen grupos muy saturados, de 20 a 40 alumnos a veces, con distintas necesidades.”
La consecuencia es una jornada que difícilmente termina al salir del aula.
“El docente realmente a veces no deja de trabajar, aunque ya haya salido de su jornada laboral”, puntualizó Ibarra.
La Organización Internacional del Trabajo, (OIT), ha advertido que el estrés laboral representa pérdidas económicas importantes derivadas del ausentismo, la disminución de la productividad y las incapacidades. Al mismo tiempo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Ecxonómico, (OCDE), mantiene a México entre los países con más horas trabajadas al año, una realidad que no necesariamente se traduce en mejores condiciones de bienestar.
El cuerpo comienza a hablar
Para la psicoterapeuta, el problema es que muchas personas aprenden a convivir con las primeras señales de agotamiento sin reconocerlas como una advertencia.
“Los hábitos de ejercicio, las horas de sueño. Estas lagunas mentales de que ya todo se me olvida, todo ando tirando, todo ando perdiendo, también son señales muy importantes. Una enfermedad recurrente, una gripita todo el tiempo. Los dolores de cabeza constantes, los dolores musculares también, a los que luego ya también nos empezamos a acostumbrar.”
Lo más preocupante, explica, es que esos síntomas terminan normalizándose.
“Son a veces señales muy sutiles, pero que luego también hemos normalizado muchísimo.”
El problema no termina ahí. Para muchas familias, acudir a terapia sigue siendo una decisión que se posterga por razones económicas.
“Prefiero pagar la escuela de mi hijo que a lo mejor pagar una terapia… y la terapia la dejo hasta el final”, apuntó la psicoterapeuta.
La propia Karla Mendoza llegó a esa conclusión después de atravesar su proceso de recuperación.
“Me parece increíble que el personal del área de la salud es el que más se descuida a sí mismo como persona para estar al servicio de los demás.”
¿Cuándo deja de ser cansancio?
El desgaste no suele aparecer de un día para otro. Se instala lentamente, hasta que dormir deja de ser suficiente, la concentración disminuye y el cuerpo comienza a enviar señales que muchas personas aprenden a normalizar.
Para la psicoterapeuta, identificar esos cambios a tiempo puede evitar que el problema evolucione hacia una crisis.
“Los hábitos de ejercicio, las horas de sueño. Estas lagunas mentales de que ya todo se me olvida, todo ando tirando, todo ando perdiendo, también son señales muy importantes. Una enfermedad recurrente, una gripita todo el tiempo; los dolores de cabeza constantes, los dolores musculares también, a los que luego ya también nos empezamos a acostumbrar.”
Lo más preocupante, advierte, es que esos síntomas dejan de percibirse como una alerta.
“Son a veces señales muy sutiles, pero que luego también hemos normalizado muchísimo.”
Esa normalización ocurre en un contexto donde el estrés laboral forma parte de la vida cotidiana. El informe de Wellhub, señala que 96 por ciento de las personas trabajadoras en México experimenta algún nivel de estrés laboral mientras que el 32 por ciento reporta niveles elevados de manera recurrente, una realidad que coincide con lo que especialistas observan cada vez con mayor frecuencia en consulta.
A ello se suma otro factor: la presión económica. Cuando el ingreso apenas alcanza para cubrir las necesidades básicas, la salud mental suele quedar relegada.
“Verdaderamente saber que puedes costearte una comida, puedes costearte necesidades básicas, el agua, la luz, nos ayuda a sentir una seguridad. Creo que desconectar la salud mental de los problemas sociales sería algo muy peligroso”, enfatizó Ibarra.
Por eso, insiste, acudir a terapia no debería interpretarse como un signo de debilidad.
“Más que verlo como una debilidad, debemos verlo como una señal de alarma de que esta persona no está pasando por sus óptimas condiciones para desarrollarse. No solo en el trabajo, también con su familia, con sus hijos, con las personas con las que se relacionan.”
El desgaste que se vuelve rutina
Ricardo García, odontólogo de profesión conoce bien esa sensación.
También como profesionista de la salud, cada tratamiento implica una responsabilidad que continúa incluso después de que el paciente abandona el consultorio.

“Siempre se está el pendiente de cómo se sentirá el paciente.”
A pregunta expresa, de si el trabajo le provoca estrés, responde con una frase sencilla que refleja la experiencia de muchos profesionales.
“Un poco estresado, pero más cansado.”
Ricardo no habla de una crisis, sino de un cansancio que poco a poco termina formando parte de la rutina.
Aunque conoce el síndrome de burnout, considera que todavía no ha llegado a ese punto. Sin embargo, sabe que, si algún día lo necesita, buscará ayuda.
“No sé si una evaluación, pero sí terapia.”
Los especialistas coinciden en que esa decisión no debería esperar a que aparezca una crisis. El agotamiento suele avanzar de manera gradual y, cuando se identifica tarde, puede afectar la salud, las relaciones personales y la calidad del trabajo.
Cuando quienes cuidan también necesitan ser cuidados
La preocupación ya no pertenece únicamente al ámbito clínico. También forma parte de la discusión dentro de las instituciones de salud.
Para el secretario de Salud de Durango, Doctor Moisés Nájera, el acompañamiento emocional de los profesionales debería ser una práctica preventiva y no una respuesta cuando el problema ya se encuentra avanzado.

“Los profesionistas deben de atenderse cada seis meses, para que también sean evaluados. Tú como médico tratante vas atendiendo y puede ser que te vayas quedando con muchos temas y no los liberes. Entonces necesitas el apoyo de un par para que puedas también tú liberar.”
La recomendación cobra relevancia frente a estudios recientes. Una investigación publicada en la Revista Ibn Sina, de la Universidad Autónoma de Zacatecas, encontró una prevalencia de burnout del 93 por ciento entre médicos residentes evaluados mediante el Maslach Burnout Inventory, uno de los instrumentos internacionales más utilizados para medir este síndrome. Los investigadores concluyen que el problema requiere estrategias institucionales de prevención y seguimiento permanentes.
Nájera reconoce que el exceso de trabajo también puede repercutir en la calidad de la atención que reciben los pacientes.
“Conlleva que tú traes una sobrecarga de trabajo como médico… por eso hay que enseñarse a acudir a las sesiones.”
También advierte que quienes ejercen en la práctica privada suelen enfrentar una situación especialmente compleja al no contar con redes de apoyo institucional.
“En la iniciativa privada ponemos un poco menos de atención, porque andas tú solo y tu agenda. Lo que tú pretendes es que tu agenda crezca, tu reconocimiento social sea mayor y tu conocimiento académico sea mayor. Están un poco más expuestos”, subrayó el funcionario estatal.
Más prevención, menos reacción
Para la diputada Gabriela Vázquez, fortalecer la atención psicológica en las escuelas representa una oportunidad para atender el problema desde la prevención.

“Ojalá lo utilizaran para tener más psicólogos o trabajadores sociales.”
La propuesta coincide con lo que plantean los especialistas: invertir en salud mental no solo beneficia a quienes trabajan en hospitales, escuelas o consultorios. También fortalece la calidad de los servicios que reciben millones de personas.
Por Luis Ángel Galván Peimberth
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