La historia de Antonio Enamorado Herrera no comienza en Estados Unidos, sino en la guerra civil salvadoreña. Su vida sintetiza la de miles que no migraron por ambición, sino por sobrevivencia.
Originario de Arcatao, Chalatenango, de extracción campesina, Herrera creció en un entorno marcado por la violencia.
“No vine a Estados Unidos buscando riquezas, sino salvando mi vida… en aquel entonces los jóvenes representábamos un delito para el gobierno”.
Durante el conflicto fue detenido, torturado y perseguido. Su historia lo coloca incluso como sobreviviente de la violencia extrema que marcó a toda una generación, explicó Herrera en entrevista con este medio hace ya algunos años.
“Él es sobreviviente… parece que de la más cruel, la del Mozote”, recuerda Margarita Álvarez.
Herrera falleció este pasado 18 de marzo víctima de un infarto, en la ciudad de Dallas Texas.
El impacto de Monseñor Romero
Antes de migrar, Herrera vivió un momento que marcaría su visión política y humana: el encuentro con Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
“Su presencia me impactó… comprendí el mensaje que buscaba transmitir con los más indefensos. Cuando supe de su muerte, entendí que había cumplido una misión”, declaró Antonio en febrero 10 del 2016 para este medio informativo
Ese referente no fue simbólico: se convirtió en eje de su trabajo comunitario en Estados Unidos.
De sobreviviente a organizador
Desde finales de los años ochenta, Herrera se integró a la lucha migrante y fue parte del proceso que daría forma al Estatus de Protección Temporal (TPS).
“Él fue muy activo… viajaba a Washington denunciando las masacres que hubo en El Salvador”, señala Margarita Álvarez.
La motivación de esa lucha iba más allá de lo político:
“No lo hicimos por ego… lo hicimos para que no se repitiera el dolor de nuestros pueblos”.
Comunidad, organización y resistencia
En el área de Dallas–Fort Worth, Herrera consolidó su trabajo a través del Centro Comunitario Monseñor Romero, un espacio de apoyo, formación y articulación para la comunidad migrante.
Saúl Monge, quien lo acompañó durante años, describe así ese proceso:
“Ha sido una lucha muy fuerte y constante… y todavía estamos en ella”.
Sobre los logros concretos del TPS, añadió:
“Podíamos comprar casas, tener carros, pagar impuestos… hemos sido fieles a este país”.
Para Douglas Interiano, director de Proyecto Inmigrante en el Norte de Texas, su figura es clara y contundente:
“Antonio Herrera es un referente de lucha en el tema de la migración… abanderaba muy bien la causa del TPS y los derechos humanos”.
Pero más allá del activismo, su dimensión era profundamente humana:
“Era un personaje muy humanitario… alguien que, si una familia necesitaba ayuda, dentro de sus posibilidades, ayudaba muchísimo”.
También dejó huella en la formación de nuevas generaciones:
“Fundó una escuela de aires acondicionados y acompañó muy de cerca a la comunidad inmigrante”.
Y en su coherencia:
“Nunca perdió piso… siempre supo que llegó a este país como inmigrante y defendió esa causa hasta el final”.
Su compromiso no tuvo fronteras:
“No importaba si era El Salvador, México o Centroamérica… siempre apoyó a la comunidad inmigrante”.
Memoria en riesgo
Sin embargo, su historia enfrenta un desafío: el olvido.
“La nueva juventud ya no tiene esa conciencia… se está olvidando lo que fue ese dolor”, advierte Margarita Álvarez.
Y es que, Antonio Herrera no fue solo un activista; fue parte de una generación que convirtió el exilio en organización, el dolor en memoria y la incertidumbre en lucha.
“Fue una lucha de solidaridad… marcada con dolor, con sangre… ni olvido ni perdón”.
Su historia no pertenece al pasado. Sigue siendo presente.
Al cierre de esta edición, Monge dij oa este informativo que se habría ya entablado una reunión con el Consulado ede El Salvador en Dallas para llevar a cabo la repatriación de Antonio a su natal Arcatao, en El Salvador.
Por Luis Ángel Galván Peimberth
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